Crónicas Pajareras

Museo de Pájaros

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Acá en La Máquina tenemos varios objetos, todos muy peculiares y dignos de una exposición en un museo; estos nos han servido para ambientar la oficina con nuestro estilo. Marcar territorio nunca había sido tan divertido.

Los pondré un poco más en contexto: En nuestro día a día hay algo que todos hacemos, no coordinados, no planeado, nadie queda exento; se trata nada más y nada menos que de jugar con el balón erizo. Sí, en la oficina tenemos un balón erizo tamaño nosotros; el pobre ha sido nuestra silla, nuestra mesa, nuestro posapies, nuestra pelota deportiva, nuestra arma de combate, nuestro dispositivo anti-estrés y nuestro mayor estorbo.

No tengo muy claro de cómo ni cuándo llegó el balón erizo a la oficina; mejor dicho, no tengo ni la menor idea de por qué está aquí; la cosa es que es increíblemente útil, y todos le sacamos el mayor provecho.

Otro buen ejemplo es el puff gigante amarillo. Es bien sabido que, por lo general, el ser humano se desenvuelve mejor en un ambiente en el que se siente cómodo; tener un espacio para ser uno mismo es muy importante el proceso creativo, y en esta agencia a todos nos gusta dormir de vez en cuando y de cuando en vez. ¿Comiste muy rápido y te queda tiempo libre del almuerzo?, ¿llegaste a la oficina muy temprano, tras un trasnocho?, ¿estás esperando que alguien venga a recogerte al trabajo, después de tu hora de salida?, ¿te sientes enfermo y las sillas de escritorio no son lo suficientemente confortables para esos momentos? ¡El puff amarillo es la solución! Valga la publicidad.

En artículos anteriores les comentaba que todas las tardes debemos descifrar quién es el responsable de hacer el café, y he decidido que esta vez entraré en materia. En la oficina tenemos una pizarra con las siglas S.P.C (para Sistema de Producción de Café), en la cual se especifica el orden diario de los encargados de preparar una cafetera gigante para todo el equipo. No se dejen engañar, incluso los sistemas más perfectos tienen su talón de aquiles; y a nosotros nos cuesta recordar quién hizo el café el día anterior, así hayamos sido nosotros mismos. Estamos trabajando en esto.

Ahora bien, permítanse imaginar el Museo de Pájaros como uno en el que los homenajeados hacen vida, y encontrarán que todos los pajaritos somos como piezas de arte.

Por ejemplo, hablemos de música. Cada uno de nosotros tiene gustos particulares y muy propios; y, aunque todos tenemos siempre puestos nuestros audífonos, no es como si no se pudiese escuchar la música debido a los altos volúmenes en los que suena. Es una especie de mezcla que retumba en toda la oficina, y consta de salsa brava, con reggaetón, con merengue, con rock en español, con pop de los 90, con heavy metal, con el soundtrack de Tarzán, y una cucharadita de los Greatest Hits de Barbie.

La oficina me parece un lugar ameno, acogedor y divertido. Tal vez por la gran cantidad de estereotipos a los que el ser humano se somete a diario, estaba predispuesta a tener que trabajar en una oficina desesperante, con un equipo ridículamente molesto y un jefe insufrible; y no temo decir que ésta es una de las pocas veces en las que me alegro de haberme equivocado.

 

Por mi parte, revisaré el presupuesto para evaluar el proyecto físico del Museo de Pájaros; pero, mientras tanto, seguiremos en el plano digital. ¡Hasta la próxima!

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